Nápoles




Si teníamos alguna asignatura importante pendiente en nuestros viajes esa era Pompeya. Por alguna razón nunca habíamos estado en Nápoles y no conocíamos por tanto los alrededores de esta enorme ciudad.
Quizá fue Elena Ferrante y su tetralogía la que nos hizo pensar en Nápoles y suscitar la curiosidad de conocer los lugares en los que se desarrollan sus novelas, aunque para decir verdad no estuvimos en el barrio donde se desarrolla la historia, en parte porque no se sabe a ciencia cierta de cuál se trata, también porque alguien decía que había estado investigando y que no merecía la pena ir a un sitio tan lejos del centro y en el que no se iban a localizar los escenarios del relato y en tercer lugar porque tampoco nos sobró tiempo para dedicarlo al Nápoles histórico que se visita normalmente teniendo en cuenta que nuestra visita fue breve: cinco noches en Nápoles, es decir cuatro días completos de los que dedicamos uno a Pompeya y otro al Vesubio y Herculano. Después continuamos viaje otros tres días para visitar la costa amalfitana.

Todas las ciudades tienen muchas ciudades. Nápoles también, y probablemente más que muchas otras. Porque allí no son sólo barrios absolutamente diferentes unos de otros, es que calles elegantes esconden tras ellas -y pegándose literalmente a ellas- otro mundo, tocándose físicamente pero -supongo- sin relación alguna. De tal manera que el viajero puede estar viendo una ciudad aséptica, moderna, de gran riqueza histórica, y de no salir de las zonas o de las calles importantes, no descubre ese otro Nápoles vivo, caótico, descuidado, de balcones con ropas tendidas, de tiendas con productos abarrotando la calle, de calles llenas de gente bulliciosa y de motos por doquier, calles que parecen pertenecer a algún lugar del Magreb más que a nuestra ordenada Europa.



Nosotros llegamos a Nápoles esperando encontrar ese cliché de ciudad caótica y degradada. Suponíamos que se parecería al Palermo que conocimos ya hace unos años, quizá ahora haya cambiado. Sorpresa, pues, porque encontramos un tráfico ordenado, conductores que respetan los pasos de cebra, fachadas renovadas haciendo lucir sus espectaculares edificios, una ciudad animada, bulliciosa en la tarde-noche con familias enteras en la calle, pero tranquila, sin ninguna sensación de inseguridad, o al menos por las zonas por las que nos movimos.

Nos hospedamos en el hotel Grand Hotel Oriente, un cuatro estrellas correcto sin más. Tiene sin embargo una cualidad importantísima en una gran ciudad y es su ubicación. En la Via Armando Díaz, casi esquina con calle Toledo.
Está estratégicamente situado entre el Nápoles borbónico, el barrio antiguo e incluso lo que se llama barrio español en uno de los laterales de la calle Toledo desde la que se veían ya las callejuelas de casas desvencijadas que subían hacia la colina. Algunas de esas callejuelas son tan estrechas que casi se tocan las fachadas. Un buen ejemplo del barrio se obtiene cogiendo en la plaza Caritá -en la misma calle de Toledo- la via Pignasecca y en dos pasos nos encontramos con el Nápoles popular, descuidado y destartalado, lleno de tenderetes y bares decadentes, de ropa tendida ocupando los balcones, calles en cuesta y al final de una de ellas, como surgiendo de un sueño, nos encontramos con un antiguo palacio -Palacio Spinelli di Tarsia- fantasma del pasado que deja adivinar sus épocas gloriosas puesto que fue uno de los mayores y más hermosos palacios de Nápoles. Hoy ocupado por un vecindario modesto viviendo entre desconchados y antiguos esplendores.


El hotel estaba justo a dos pasos de la parada de metro Toledo, estación artística que merece una visita. Decorada en diferentes tonos de colores recordando la tierra, el mar y el cielo, tiene una especie de cráter que se eleva hasta el exterior cambiando los tonos de los colores y acabando en la calle en lo que llaman el “ojo del cíclope” a través del que se ven las profundidades de la garganta que se interna en el subsuelo de la ciudad. Fue diseñada con el objeto de poner en contacto usuarios y arte moderno en torno a los temas de la tierra, el agua y la luz con colores reforzados por espectaculares mosaicos que establecen el paso de la tierra al mar.


Para visitar el Barrio antiguo no tuvimos más que seguir la calle Toledo con bonitas fachadas abalconadas, algunas de ellas antiguos palacios restaurados y buenas tiendas en los bajos comerciales. Nos desviamos en la calle Benedetto Croce que forma parte de lo que se llama Spaccanapoli, una de las arterias de la Nápoles grecorromana que atravesaban la ciudad de oeste a este, y en donde empieza un sinfín de palacios, casonas que guardan en su interior patios desvencijados que vale la pena ver, iglesias y plazas. Fachadas multicolores, tiendas y establecimientos de comida para turistas.





Iglesias como la de Gesu Nuovo en la plaza del mismo nombre con la aguja del s. XVIII en el centro de ella, símbolo del poder de la Compañía de Jesús. El exterior de la iglesia -que formó parte de un palacio del siglo XV- es austero, forrado con un almohadillado a base de conos de piedra volcánica de tonos grises y con un interior que se repetirá en muchas otras iglesias: decoración barroca, recargada, a base de mármoles de diferentes colores que dibujan motivos vegetales.




Diferente es el conjunto de la Santa Chiara que forma parte de un antiguo convento del siglo XIV, panteón real de los monarcas angevinos que fueron dueños de esta ciudad durante doscientos años. Tiene un bonito claustro azulejado del s. XVIII adornado con naranjos y limoneros, remanso de paz y tranquilidad en el trajinar del bullicioso barrio antiguo.




En la via S. Biagio del Librai, dejando atrás la plaza de San Domenico Maggiore llena de iglesias y palacios, llama la atención los cientos de figuras belenísticas en las numerosas tiendas y talleres artesanales de la que es una de las actividades más importantes y tradicionales de la ciudad. Hay belenes para todos los gustos y precios, figuras de todos los tamaños, grupos articulados, y artesanos que muestran su buen hacer en sus pequeños talleres abarrotados dispuestos a enseñar y a explicar cómo consiguen ese realismo y ese movimiento.





Y no lejos de allí, hacia la via Tribunali, el espectacular Cristo velato que se encuentra en la capilla de San Severo, una obra magistral que consigue transparentar a través de un finísimo velo de mármol las articulaciones y hasta las heridas de los clavos del Cristo.


Y también cerca de allí, dos plazas, la imponente plaza Dante con el palacio del siglo XVIII y su balaustrada semicircular en donde al final de uno de los laterales hay dos pequeñas trattorías -“Al Vecchio 53” y “Leon d’Oro”- en las que se come bien por poco dinero, y la plaza Bellini en el extremo de la via Sta. María di Constantinopoli, una plaza acogedora y animada lugar de reunión de jóvenes y artistas con un original café literario (“Intra Moenia”) en donde descansar un rato en la agradable veranda o en la terraza, o en el interior entre libros y objetos.





Volviendo a la Via Tribunali llegamos hasta la via Duomo donde se encuentra la catedral de Nápoles, enorme y ecléctica, iniciada ya a finales del siglo XIII y con sucesivas modificaciones a lo largo de los siglos. Para los napolitanos es importante el que aquí se conserven las reliquias de San Genaro, la famosa sangre que se licúa salvo cuando una desgracia amenaza a la ciudad, rito que siguen con fervor la mayoría de habitantes de la ciudad.


Para acabar el día cogimos el funicular que sale de Montesanto para visitar Vomero, un barrio residencial en una colina sobre el antiguo Nápoles, en otro tiempo un pueblo distinto del propio Nápoles y convertido hoy en una zona de alto standing, tranquila, agradable, con buenos edificios de color amarillo y ocre y persianas verdes muy mediterráneas con estupendas vistas sobre el resto de la ciudad -que es inmensa-, sobre el Vesubio y sobre la bahía. Pero las vistas hay que buscarlas. Lo normal es visitar el Castel Sant’Elmo de época angevina o la Certosa di San Martino, iniciada en el s. XIV y con sucesivas remodelaciones que fueron cambiando su aspecto, antes un monasterio de monjes cartujos, y hoy un museo dedicado a la historia de la ciudad. Desgraciadamente, cuando llegamos ya estaban ambos cerrados, así que nos contentamos con la vista parcial que se ve desde la calle por la que se accede. Quedaba otra opción y era acercarnos hasta la Villa Floridiana con un enorme parque de pinos, cipreses y encinas justo encima de la Chiaia y con bonitas vistas sobre la bahía. Pero también aquí cierran pronto así que tuvimos que darnos prisa para alcanzar el mirador y hacer una visita rápida. Desde Vomero se puede bajar al centro por funicular pero también en metro. Y la línea 1 tiene parada en Toledo que era nuestra parada, al lado del hotel.





Otro día cambiamos el rumbo hacia el oeste para visitar el Nápoles que podríamos llamar borbónico, barroco, monumental, con elegantes tiendas en Via Chiaia, restaurantes, y paseos a lo largo del mar o en Santa Lucía, el pequeño puerto entre el Castillo dell’ Ovo y tierra firme. Lo habíamos visto por la noche cuando salíamos a cenar después de descansar un poco en el hotel. Ventaja de estar bien situado. En la zona que llaman Lungomare se amontonan frente al mar hoteles lujosos y restaurantes, todos con terrazas, ahora protegidas por plásticos transparentes pues la temperatura no permitía cenar en la calle. Pero, naturalmente, teníamos que verlo a la luz del día y más detenidamente.



El aspecto de la ciudad cambia desde Toledo al oeste. Es el Nápoles herencia de los Borbones con plazas como Trieste y Trento, Municipio, Martiri y sobre todo Plebiscito con uno de los laterales ocupados por la espectacular fachada semicircular de la basílica de San Francesco di Paola, imponente, y enfrente el no menos imponente Palacio Real que da cuenta de la importancia histórica de Nápoles, no sólo como ciudad sino como reino. Nápoles en el siglo XVIII duplicaba la población de ciudades como Madrid y Roma. Así que el Palacio Real está a la altura de cualquier palacio europeo y responde a las características que debía tener la residencia real de una de las monarquías más importantes del Mediterráneo. Y justo al lado, en la plaza de Trieste e Trento se encuentra el Teatro San Carlo, uno de los teatros operísticos más antiguos del mundo diseñado para el rey Carlos de Borbón, anterior incluso a La Scala de Milán. Y además, como muestra de ese pasado glorioso el patrimonio de Napóles es rico el fortalezas como el Castel dell’ Ovo, el más antiguo de Napoles, que fue residencia tanto de los monarcas normandos, como los angevinos y los aragoneses. O el Castel Nuovo, en la via Vittorio Emanuelle, no lejos del palacio real, palacio-fortaleza que albergó nuevamente a angevinos y aragoneses. Y en la misma zona se encuentran las Galerías Umberto I, más bonitas incluso que las de Bruselas y Milán, combinando altura, hierro, cristal y mármol para dotar de elegancia al recinto.




Otro paseo agradable es recorrer la Riviera di Chiaia a orillas del mar con el parque de Villa Comunale y recorrer después las calles posteriores, ya subiendo hacia Vomero, via Poderío, vico cavallerizza y sobre todo via del Mille, acabando en la plaza de Amedeo de donde sale otro de los funiculares para Vomero. Justo al lado de la estación hay un edificio sorprendente, en estilo art nouveau que perteneció, o pertenece a un hotel y que hace suponer que la zona estuvo muy de moda a principios del pasado siglo cuando artistas, escritores y viajeros se daban cita allí para recorrer después la romántica costa amalfitana.