"Anillo de oro"

Nuestra última etapa fue sin duda la más novedosa y quizá la más interesante. Todo el mundo tiene referencias de Moscú y San Petersburgo pero el llamado “anillo de oro” era un concepto nuevo para nosotros. Son lugares históricos, poblaciones y monasterios situados al noreste de Moscú, muy importantes durante toda la Edad Media, antes de que en el siglo XVI Moscú se convirtiese en la capital de Rusia. Nuestro recorrido de unos 200 km. hasta Vladimir estuvo salpicado de pequeñas casitas de madera -las tradicionales izbas- respondiendo todas a la misma tipología: madera, una sola planta, tres o cuatro ventanas seguidas en la fachada principal, casi todas con marcos en madera blancos muy decorados, como de encaje, y en uno de los laterales un pequeño anexo, también con ventana.



La más importante de todas estas poblaciones es Vladimir, que junto con Suzdal fue el principado más importante de los pequeños estados que formaban entonces la Rusia medieval. La antigua capital rusa fue fundada en el siglo XI aunque alcanza su esplendor un siglo más tarde, época de la que conserva aún monumentos que son Patrimonio de la Humanidad como la puerta Dorada por la que se entraba en la ciudad amurallada y se sigue entrando en la actualidad cuando se viene desde Moscú, o la catedral de la Asunción del siglo XII, con las tradicionales cúpulas doradas rematadas con cruces pero menos achatadas que otras de época posterior como la catedral de la Asunción moscovita para la que sirvió de inspiración. En sus muros exteriores de color blanco presenta una arquitectura que recuerda al estilo románico de nuestras iglesias medievales. De enorme importancia en su época, fue en su momento el edificio más alto de Rusia, decorado con oro, plata y piedras preciosas y en ella se coronaron príncipes tan famosos como Alexander Neski. Precisamente el icono más venerado en el país, la Virgen de Vladimir de principios del siglo XII, procede de allí y ahora puede contemplarse en la Galería Tetriakov de Moscú. Detrás de la catedral hay un mirador sobre los meandros del río Kliazma, pequeños bosques y pueblos en una llanura verde que se extiende hasta el horizonte. Y en el mismo recinto otro de los llamados “monumentos  blancos” es la catedral de San Dimitri, uno de los más antiguos, también del siglo XII, esbelto, de paredes blancas primorosamente labradas. Con el traspaso de la capitalidad a Moscú, Vladimir, aunque continuó siendo un importante enclave comercial durante bastante tiempo, se acabó convirtiendo en la ciudad industrial de más de 300.000 habitantes que es hoy en día.





Continuando el circuito llegamos a Suzdal, desgraciadamente -a causa de un atasco de horas- con menos tiempo del necesario para poder visitar tranquilamente esta localidad, mucho más pequeña que Vladimir pero más interesante y bien conservada. Preciosas las vistas de numerosas iglesias y monasterios como la catedral de la Natividad, con sus cúpulas azuladas adornadas con estrellas que se levantan por encima del recinto del Kremlin dibujándose contra el cielo. Nos hubiera gustado pasear por el pueblo y disfrutar de sus resonancias orientales como sacado de las Mil y una noches.




Y disfrutar también del recinto del hotel Pushkarskaya Slodoba, magnífico, con preciosas vistas sobre el pueblo al anochecer paseando junto al río, pero nos faltó tiempo.





Sí visitamos el Museo de Arquitectura de Madera, otro de los atractivos de Suzdal, un conjunto arquitectónico de diferentes construcciones traídas de muchos puntos de Rusia en las que se recrea la vida en épocas pasadas de familias de campesinos, con sus espacios, su estufa -elemento esencial para la supervivencia- sus muebles, sus ropas, sus iconos, sus retratos, sus aperos, sus medios de locomoción… Además de las viviendas se conservan también dos iglesias -una para verano y otra para invierno - ambas enteramente de madera, que nos recordaron a las iglesias de madera noruegas.










Pudimos también ver un convento de monjas ortodoxas con cabañas de madera rodeadas de flores y su iglesia blanca, un lugar apacible de no ser por los turistas que invadimos sus espacios de recogimiento.





Y temprano por la mañana nuevamente en ruta para la última visita: el Monasterio trinitario de San Sergio en Sergiev-Posad, pasando antes por Aleksandrov, otro sitio importante, en donde hicimos una corta parada en el lugar de reposo de Iván el Terrible y en donde, en un ataque de ira, asesinó a su único hijo válido, el que estaba destinado a sucederle.





El monasterio de San Sergio, fundado en el siglo XIV y fortificado en época de Iván el Terrible, es hoy uno de los lugares de peregrinación más importantes de Rusia, tan sólo a unos 70 km. de Moscú. Es un gran conjunto de iglesias que alternan cúpulas doradas con cúpulas azules estrelladas, preciosos iconostasios, monasterios, palacios, torres, pozo de agua bendita en donde llenan sus botellas los devotos peregrinos y gente, mucha gente, pero en este caso peregrinos rusos más que turistas. También aquí la visita tuvo que hacerse a bastante velocidad: por la tarde teníamos que estar en el aeropuerto y la guía temía encontrarse nuevamente con atascos que nos impidiesen llegar a la hora prevista. Nada de eso ocurrió. Pudimos llegar con tiempo suficiente después de un último día largo que había empezado a las 6h. y que había que completar aún con el trayecto de vuelta a Madrid.








Después del viaje, o más bien gracias al viaje, nos dimos cuenta del desconocimiento que tenemos de ese enorme país -el mayor del mundo-, crisol de culturas, tan interesante históricamente y tan contradictorio, tan cerca porque es Europa y tan lejos porque también es Asia. Tan diverso y tan rico, tan sorprendente y tan imprevisible. Fue también una ocasión para leer literatura rusa y para revisar su geografía y su historia relegadas -en mi caso- a escasos datos de una enciclopedia.