Viaje a Rusia

Al regreso de nuestro última escapada hemos preparado un nuevo diario:



El relato se divide en tres partes:

Tenerife



Tenerife es un volcán con forma de patito. Una primera erupción dio lugar al cono del Teide con un inmenso cráter -la llamada caldera del Teide-  de donde volvió a surgir, en una nueva erupción, un segundo cono que se divisa desde muchos puntos de la isla, siempre triangular pero cambiante dependiendo de la vertiente. Dos carreteras acceden hasta el Parque Nacional del Teide, una desde el norte y otra desde el sur. Las dos terminan en el cráter primitivo, una enorme planicie en donde se mezclan rocas de lava, arenisca, pedruscos y tímidas plantitas que florecen a pesar de la altura y de las condiciones adversas. El paisaje es impresionante, mezcla de desierto rojizo tipo Wadi Rum y formaciones rocosas erosionadas por el viento de caprichosos contornos y tonos diferentes  que recuerdan las cañadas de los valles Calchaquíes. Desde aquí se puede subir en teleférico al segundo cono, eso sí, esperando pacientemente una larga cola porque la cantidad de visitantes es numerosa. No es extraño, sería una aberración venir a esta isla -aunque el plan primitivo sea “sol y playa”- y no acercarse hasta esta maravilla de la naturaleza, el volcán más alto de Europa y uno de los más altos del mundo, tan versátil según la perspectiva: marronáceo y pelado desde el sur, blanco desde el norte, por la nieve y por las nubes que se enroscan allá arriba y provocan esa diversidad paisajística de la isla.












Riqueza y diversidad. Porque Tenerife no es sólo un “seguro de sol”. Es más, yo diría que el eslogan no se ajusta totalmente a la realidad. Sol hay sí, pero en el sur libre de nubes, escarpado y seco, con pocas playas, algunas artificiales, otras de arenas oscuras aunque no tan negras como en el norte. Todas ellas resultado de las coladas de lava llegadas hasta el mar y que, erosionando día a día a través de miles de años, acaban por convertirse en una arena oscura como el carbón.

Las dos caras del Teide se corresponden con dos climas opuestos: sol y seco en el sur, húmedo y verde en el norte. Por eso, si lo que se busca es sol y playa hay que huir del norte. En el Puerto de la Cruz -donde estuvimos nosotros- el tiempo no está asegurado, más bien al contrario porque la “panza de burra” como ellos llaman cariñosamente a las nubes que se enganchan en el volcán, ocultan el sol y en los días que pasamos allí, aunque amanecía despejado, iba cubriéndose a lo largo del día pues a la vuelta de nuestras excursiones siempre estaba gris. A pesar del clima es un lugar muy turístico, con cantidad de hoteles, tanto en la parte baja, frente al mar como en la colina de Taoro que domina todo el Puerto en donde se construyó el primer hotel de la Isla a principios del pasado siglo, un edificio vetusto que aún se mantiene en pie, aunque sin actividad ninguna, y que estaba enclavado en medio de un parque privado -parque Taoro- por el que ahora se puede pasear. Desde nuestro hotel, enfrente de aquel, se podía bajar hasta el pueblo en unos minutos por escaleras o por rampas que bordean unas cascadas artificiales. En uno de los extremos del pueblo está el complejo de Lago Martiánez, obra de César Manrique, un conjunto de piscinas que representan cada una de las islas Canarias. En el otro extremo hay una playa de arenas negras y, en el medio, en la parte antigua, algunas calles y plazas pintorescas. Pasada la plaza del Charco, la más importante y concurrida, se encuentra el antiguo barrio de pescadores ahora convertido en zona de recreo con bares, restaurantes, terrazas y tiendas, muy animado y con encanto.





Sin embargo la opción descubrimiento de la isla merece la pena porque, además del Teide siempre espectacular desde cualquier ángulo, hay otros lugares de visita casi imprescindible. Uno de ellos es la reserva natural de Agana, justo en la cabeza del “patito”, en el noreste de la isla.  Lo ideal es alquilar un coche para moverse libremente y así poder desplazarse hasta Taganana, parando en los distintos miradores para contemplar bonitos paisajes de  altos plegamientos y profundos barrancos de un verde intenso, cubiertos de una gran variedad de arbustos, algunos de ellos especies endémicas de estos lugares. Espacios abruptos y salvajes por los que se pueden hacer rutas de senderismo. Para ir hasta allí, si se parte de Puerto de la Cruz, hay que ir hasta la Laguna y allí coger la carretera que va a Las Mercedes, está indicado así.









Posteriormente aparecerá una indicación a Taganana, ya a nivel del mar, hacia donde habrá que descender desde las alturas por una carretera estrecha con muchas curvas pero con buen firme. Taganana es un buen alto para comer en Casa Africa lo que la mesonera quiera porque es ella la que dice -con gran autoridad- qué hay que comer allí, así que no hay sorpresas ni dudas. La especialidad de la casa es el pulpo frito con pimientos. Es un lugar sencillo con amplio comedor interior y algunas mesas en la terraza frente al mar.








A la vuelta visitamos La Laguna. Imprescindible. Fue edificada siguiendo un trazado geométrico, una cuadrícula de calles y plazas que sería trasladado a las nuevas ciudades de las Indias, como Méjico o Lima. Así que, lo que llamamos estilo colonial, es un calco de La Laguna trasladada a tierras  de ultramar.  Sus calles tranquilas recuerdan a Antigua, en Guatemala: casas de planta y piso de colores vistosos, de vez en cuando conventos, plazas y palacetes para gloria de los conquistadores que hicieron gala de su poderío en las fachadas blasonadas de sus moradas.






Otro lugar sorprendente por su enclave es Masca, dentro del Parque Rural de Teno. Se accede a Masca desde Santiago del Teide, aunque merece la pena acercarse antes hasta Puerto de Santiago para ver Los Gigantes, altísimos acantilados cortados a tajo, enormes formaciones de lava llegadas hasta el mar.


Masca es una aldeíta perdida en uno de los barrancos que parten de los Gigantes hacia el interior. Para llegar allí son 6 km. de carretera estrecha, llena de curvas y de una sola dirección, pero con espacios para apartarse si se cruzan dos coches. Además hay pretiles que siempre dan seguridad. A pesar de la carretera, como todo el mundo conduce despacio y con cuidado, se hace bien y merece la pena porque nuevamente nos encontramos con paisajes rotundos, tajos de gran altura, plegamientos que dan lugar al estrecho barranco que va abriéndose hacia el mar, y el pequeño núcleo adornado con palmeras colgado en ese lugar inhóspito y aislado en donde uno se pregunta por qué viven ahí y sobre todo de qué viven. La vuelta es mejor hacerla por la carretera que lleva hacia Buenavista del Norte. Por una parte hay menos curvas y por otra el paisaje cambia porque desde allí se divisa el mar, en aquel momento de la caída de la tarde, tranquilo al pie de las montañas. Más y más fotos porque aunque todo se parece todo es diferente. En el extremo noroeste hay un faro desde el que se divisan los Gigantes, pero no fuimos hasta allí porque el día había sido largo: Puerto de la Cruz, Teide, Cañadas, Los Gigantes, Masca y vuelta al hotel. Bastantes kilómetros por carreteras tortuosas.












Como el sur ya lo conocíamos de ocasiones anteriores, al día siguiente fuimos a ver Garachico, Icod y La Orotava. Por la mañana, con sol, estuvimos en Garachico primero, con bonitas vistas hacia el Teide, en ese momento las nubes formando una corona en su base. Fue en el pasado un puerto importante en el comercio marítimo hacia Europa y América, pero con la erupción volcánica de 1706 quedó arrasado, pasando su actividad al Puerto de la Cruz. Paseamos por sus piscinas excavadas en la lava que había llegado hasta el mar y por sus callecitas de bonitas fachadas también multicolores y de aire colonial. Es pequeño, se recorre enseguida y como todos los pueblos de Tenerife es más bonito desde dentro que desde fuera porque las construcciones que se ven desde la carretera muchas veces estropean el paisaje.








Icod está suspendido en las laderas del Teide. Tiene un pasado importante del que dan muestra los buenos edificios civiles y religiosos. Además a Icod se va a ver el drago milenario, aunque parece ser que milenario, milenario no es, sólo tiene unos 800 años, que ya es bastante. Es precioso, pero no es el único porque en la isla se ven muchos dragos, naturalmente no con la antigüedad de ese.










Por la tarde, una tarde lluviosa, visitamos La Orotava con un importante centro histórico de calles empinadas y aire colonial, muchos palacetes y sobre todo con casas abalconadas que es la característica de la ciudad. Al igual que La Laguna, o quizá más que La Laguna, es muy monumental, consecuencia de sus relaciones con las Indias, lugar de paso de personas y mercancías que habrán enriquecido a más de uno.














Fue apenas una semana bien aprovechada que nos dio la ocasión de descubrir rincones de la isla que aún no habíamos conocido. Sobre todo ver sus contrastes, espacios tan cercanos entre si y tan opuestos. Tiene Tenerife, además de todos estos atractivos, otro más consecuencia de su  estrecha relación con las Indias, y es su acento cantarín que te traslada al otro lado el Atlántico, a donde debieron llevarlo junto con el urbanismo a lugares tan próximos a nosotros y tan lejanos como Cuba o Venezuela.